Aristóteles, que no se tomó una caña en su vida, dejó escrito que la amistad es convivir y no solo conversar. Nosotros llevamos años conversando en los desayunos de los jueves,
ese parlamento de churros y café donde arreglamos el país con la misma eficacia —osea, ninguna— que quienes lo desarreglan por oficio. Allí discutimos las mejores estrategias de fútbol, nos lamentamos del Málaga CF , no perdemos la esperanza de que Paco de la Torre deje la alcaldía antes de que la subida del mar se lleve Los Cobos por delante y revisitamos, uno a uno, todos los rincones del Civil.
Así que, por hacerle caso al filósofo, nos propusimos una jornada de convivencia. El plancabía en una servilleta: la Mezquita, unas cervezas, un buen almuerzo y vuelta a casa.
En el vagón —no sé si era el del silencio; si lo era, poco le duró— pronto quedó claro que «todos los pajarillos comen trigo». A mediodía, el comentario ya había llegado a oídos de Óscar Puente, que lo compartió en X con un escueto «son cosas que ya te digo».
Ya en Córdoba, la Mezquita. Pasear por ella es siempre una experiencia singular: uno avanza entre columnas, bajo arcos de herradura, y de pronto se topa con una catedral cristiana plantada en medio, como quien hace una reforma sin consultar a la comunidad de propietarios. Un monumento que empezó siendo una cosa, terminó siendo otra y ahora es las dos a la vez, un sincretismo que el Cabildo Catedralicio sabe explotar como nadie.
Después vinieron las cervezas previas al almuerzo y la mesa en un apartado de Bodegas Campos, donde dimos buena cuenta de un excelente menú degustación. Los platos, el vino y una charla bien adobada de anécdotas: eso que algunos llaman sociabilidad y que nosotros practicamos desde hace años sin saber que tenía nombre, el gusto de estar juntos sin más fin que la compañía.
Cicerón, que ya pasaba de los sesenta, sostenía que no todo vino se agria con los años, ni todo carácter se avinagra con la vejez. La epidemiología moderna, con muchos más números y bastante menos estilo, ha venido a darle la razón: quien conserva a sus amigos y se sienta a la mesa con ellos vive más y vive mejor. Nosotros hicimos todo lo posible por confirmarlo de forma empírica, y la sobremesa se alargó hasta que alguien miró el reloj con cara de tren.
Somos amigos de largo recorrido, cada uno con sus manías y su colección particular de achaques. Aun así, durante unas horas volvimos a sentir algo de aquellas excursiones del colegio: la ilusión de salir juntos, el jaleo en el andén y las ganas de fotografiarlo todo, como si hubiera que dejar constancia notarial de que estuvimos allí.
Y vaya si la dejamos. Volvimos con los móviles —y la cámara de Juan— llenos de arcos,
columnas, patios y platos de berenjenas, salmorejo y rabo de toro. Pero también con algo que no sale en las fotos: una historia nueva para la colección, que ya va siendo larga y que pensamos seguir contando en los desayunos durante una buena temporada, con los adornos de rigor.
Y como no hay excursión que no traiga la siguiente, en el tren de regreso quedó apalabrado el próximo plan: un gazpachuelo con un amigo común que, aunque vive lejos, se ganó hace tiempo su sitio en la mesa. Con el lugar, la fecha y la reserva casi decididos,hay algo que nadie discute: levantaremos la cuchara a su salud y, conociéndonos, el homenaje durará bastante más que el caldo.
Carlos Gonzáles Hermoso
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